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“La Historia Oficial”: Recuperar la memoria

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“Comprender la historia es prepararse para entender el mundo, ningún pueblo podría sobrevivir sin memoria, y la historia es la memoria de los pueblos” no van cinco minutos de película y ya han dejado esta máxima en la historia del cine. Conmemorando el treinta aniversario de su estreno en 1985, el año pasado se presentó en el marco del Festival de Cannes una copia restaurada de uno de nuestros hitos cinematográficos más grandes; La Historia Oficial.

Película que quizás muchos recuerdan por ser la primera argentina en ganar el Premio Oscar a la Mejor Película en Idioma Extranjero. Pero en verdad, es algo injusto o pequeño, los valores para la posteridad del film de Luís Puenzo traspasan aquel mérito de la Academia de Hollywood (además de haber ganado muchísimos más premios alrededor del mundo); su importancia es histórica, en un marco de vista de la realidad argentina para dentro y para fuera de nuestro país.

Aquí también la trascendencia de su reestreno, más allá de la actual política de preservación de nuestra archivo fílmico, que llega a las salas un año después de su paso por Cannes, justo para la conmemoración de los cuarenta años del inicio de nuestra última dictadura cívico-militar. ¿Por qué fue y es importante a nivel histórico? Porque a diferencia de otras películas (sin desmerecerlas) que se abocan a un tema puntual de lo sucedido durante el período 1976/83, en La Historia Oficial pareciera englobarse un marco general, un fresco acabado desde varios ángulos.

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Los desaparecidos, las torturas, el accionar de los colaboracionistas civiles, el accionar de quienes se oponían, el exilio y el regreso, los turbios negociados con potencias extranjeras, la sucia conciencia de quienes se enriquecieron a costilla de la sangre derramada, la inocencia o ignorancia (auto)inducida de gran parte de la población; y sí, los bebes robados. ¿Hay alguien a esta altura que no la haya visto o no sepa de qué se trata? Alicia (Norma Aleandro) es una profesora de historia argentina de la escuela secundaria, en mayo de 1983.

Está casada con Roberto (Héctor Alterio), un civil colaboracionista que creció mediante turbios negocios y que ahora se encuentra presionado con la llegada de la democracia; pero Alicia desconoce ¿o no quiere enterarse? todo esto. Juntos tienen a Gabriela, Gaby (la niña Analía Castro que incesantemente canta “En el país de Nomeacuerdo” de María Elena Walsh); Alicia cree que fue adoptada de buena fe, tiene alguna sospecha que a la madre biológica le pueden haber pagado y que la adopción se puede haber hecho por detrás, pero fue un acto de amor.

La llegada del exilio de su amiga Ana (Chunchuna Villafañe), su relato, más el clima viviente dentro y fuera de la escuela le abrirán los ojos a la terrible verdad. El maravilloso y preciso guión de la inigualable Aída Bortnik y Luís Puenzo sigue estremeciendo del mismo modo. Además de poder apreciar el excelente trabajo en remasterización de la gente de Cinecolor, tanto en la imagen y más aún en el sonido; lo que se aprecia, treinta y un año después, es la triste vigencia intacta.

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¿Cuántas cosas cambiaron desde aquel 1985 del estreno, o desde el 1983 en que se sitúa la película? ¿Cuántos Alicia aún miran para otro lado y preservan su comodidad? ¿Cuántos Roberto todavía toman la palabra como grandes señores y hasta los vemos en los medios de comunicación como servidores de la moral y la rectitud? Y lo más espantoso ¿Cuántos Gaby y cuántas Sara aún se deben el encuentro?

“Comprender la historia es prepararse para entender el mundo, ningún pueblo podría sobrevivir sin memoria, y la historia es la memoria de los pueblos”, reestrenos como el de La Historia Oficial no deberían pasar desapercibidos para mantener presente qué es lo que pasó, de dónde vinimos. Pero también para comprender varios hechos actuales a los cuáles el proceso no les ha sido gratuito. Más aún para fijarnos cuáles deberían ser nuestros pasos a seguir como país; si avanzamos sin mirar los pasos transitados, corremos el riesgo de girar en círculos viciosos.

Tanto en el nacimiento de la democracia, como en la incógnita coyuntura presente, La Historia Oficial sigue siendo una obra de arte necesaria.

Anexo de Crítica por Rolando Gallego

Alicia (Norma Aleandro) es una profesora de historia de colegios secundarios que se mueve en sus rutinas con el aplomo que los años de trayectoria y su status social le han posibilitado mantener una vida cómoda y libre de preocupaciones. Casada con Roberto (Héctor Alterio), un empresario que supo hacer su éxito asociado a los militares, ella desconoce muchos de los asuntos en los que éste se vio envuelto para lograr una buena posición, la que contrasta, notoriamente, con la mayoría de las posibilidades que el resto de sus conocidos posee.

Cuando llega Ana (Chunchuna Villafañe), una amiga del exterior, y le habla del porqué de su exilio, a Alicia le comienzan a surgir ciertos interrogantes sobre la llegada a su vida de Gaby (Analía Castro), su hija adoptiva, quien aparentemente fue traída por su marido sin muchas explicaciones. Mientras la calle se revuelve con marchas que buscan a gente desaparecida, y en el colegio uno de sus alumnos le plantea algunas cuestiones que no están escritas en ningún libro o texto histórico, Alicia comenzará un derrotero que la transformará y la alertará sobre algunas cuestiones que hasta el momento habían pasado desapercibidas para ella.

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Película necesaria, clave, dogmática, imprescindible del cine nacional, “La Historia Oficial” (Argentina, 1985) de Luis Puenzo, que vuelve a los cines luego de un largo proceso de remasterización (iniciado para poder proyectarla en Cannes Classic el año pasado), trae a las pantallas una vez más una historia sin fisuras que se apoya en el impecable guión escrito por Puenzo en colaboración con la talentosa Aída Bortnik.

Alicia comienza a avanzar en las averiguaciones que ella hace por sí sola y que terminarán por acercarla a una historia que aparentemente nunca supo, o que, como pasó en la mayoría de los casos, supo pero hizo la vista gorda para evitar que los mismos cuestionamientos surgidos de los hechos pudieran afectarla personalmente. “La Historia Oficial” trabaja narrativamente con un gran apego por cuestiones conocidas sobre la época que relata, pero su desarrollo es en un presente urgente, el que era necesario revelar y por eso muchas de las imágenes de las marchas (registradas en clandestinidad), terminan por erigirse como un documento de aquello que retratan.

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El avance del filme va acompañado de una tensión inusitada para un filme de estas características, con el adicional de diálogos insuperables que aún hoy mantienen una vigencia inusitada, luego de más de 30 años de escritos. Alicia avanza a paso firme, sin importarle que sus amigas, conocidos, y colegas, cuestionen su manera de querer conocer detalles sobre la realidad que antes negaba, pero principalmente, su seguridad tiene que ver con correrse un velo que hasta hace nada le impedía conocer quién era realmente su marido.

A las impecables actuaciones de Aleandro y Alterio, se suma una serie de secundarios de lujo como Villafañe, Hugo Arana, Flora Boise y Chela Ruiz, que aportan características necesarias para que esa madre avance en su necesidad de verdad y también en la posibilidad de transformación de su realidad. “La Historia Oficial” vuelve a los cines, con la misma fuerza arrolladora que hace años la convirtió en un documento de una época nefasta del país y del mundo, revelando cuestiones que hasta ese momento nadie hablaba e imponiendo en agenda la apropiación de niños por parte de la estructura estatal y militar.

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