“Florence Foster Jenkins” (Florence: La Mejor Peor de Todas): Querer y Poder

Hay personajes cuyas vidas parecen propias de ser retratadas. La de Florence Foster Jenkins posiblemente sea una de ellas. Heredera aristócrata proveniente de Pennsylvania, dedicó su vida a convencer a los demás de lo que ella ya estaba convencida, su don natural para el canto lírico; por supuesto, un don inexistente. No obstante, el empeño, y la fortuna (tradúzcanlo como quieran) la llevó a poseer una fama considerable, realizar varias presentaciones, y algunas grabaciones.
Que hablen bien o mal de uno, pero que hablen; se dice por ahí. Lo cierto es que el personaje de Florence fue llevado al teatro en la obra Sourvenir (que acá personificó la talentosísima Karina K); y quiso el destino que este año conjugaran en nuestra cartelera dos películas basadas en la misma mujer.
La Marguerite de Xavier Giannoli cambió el escenario, los nombres, y las fechas, para llevarla al París de los años ’20, y resultó un sorpresivo éxito de crítica y público. ¿Ni lerdos ni perezosos? Ya tenemos a nuestra disposición la versión anglosajona del asunto, aparentemente más fiel al original.
Florence esta vez es Meryl Streep, indiscutida actriz, dueña de un gran histrionismo. El director es Stephen Frears, a esta altura, casi un experto en biopics femeninas, si contamos sus trabajos más celebrados y recientes como La Reina y Philomena. El plato estaba servido con ricos ingredientes, sin embargo, los resultados no están del todo a la altura de las circunstancias.

Como era de esperarse, el realizador realiza un film a la medida de su estrella, todo gira en torno a ella y sus gamas de peculiaridades. La actriz de Mamma Mía se halla a sus anchas para mostrar toda su gama de mohines y hacer un personaje casi caricaturesco.
Por otro lado, el guion de Nicholas Martin, peca de carecer de vuelo alto, transformándose en una narración solemne, que, como clásica biopic, busca enorgullecerse de su figura principal.
Los deseos/caprichos de Florence son soportados por su marido, St Clair Bayfield quien le organiza conciertos cerrados con un público conocido que acepta la jugarreta y complace a la mujer. Pero esto solo la incentiva, le hace creer que su talento es enorme, y quiere ir por más, realizando grandes presentaciones públicas.
En este punto, Frears y Martin, amagan alguna suerte de crítica y acidez sobre el mundo que retratan y los rodea. La complacencia por el dinero, las falsedades, lo corrupto del mundo del arte y sus críticos. Pero por cada vez que asoma algún despliegue en estos aspectos (mucho más aprovechado por Giannoli con su tono ligero y burlón), hay en compensación mensajes de empeño y tenacidad por parte de esta “inquebrantable” mujer.
Quizás Frears ya no sea el de Relaciones Peligrosas, quizás esté más acostumbrado ahora a retratar féminas fuertes que se enfrentan a su entorno o a los mandatos; y en Florence vuelve a aplicar esa fórmula, aunque dudosamente la historia lo valía.

La puesta es sobrecargada, en partes ampulosas, pero sin un real gran despliegue, siendo este un trabajo menor en la filmografía del director de Alta Fidelidad.
El hilo narrativo no se olvida nunca de su centro, y Meryl Streep entiende que es esa clase de films para comprarse al espectador con un personaje cargado de peculiaridades. En esa suma de mohines, bordea constantemente la sobreactuación y sobrexposición, y más de una vez cruza holgadamente el límite, volviendo a su Florence algo caricaturesca e inverosímil.
Mejor parado sale Hugh Grant, como Bayfield, quien logra destacarse en un secundario correcto y centrado, muchas veces trayendo al film del exceso en que se embarcó.
Otro celebrado contrapeso resulta Simon Helberg como el pianista Cosme McMoon, aunque dada la importancia del personaje real en la historia de Florence, quizás necesitó algo más de espacio.
Florence: La Mejor Peor de Todas es un film en exceso correcto, que no se anima a los rigurosos planteos que puede despertar la anécdota de la Sra. Jenkins, ni tampoco se entrega a la acidez de un humor burlón. Le alcanza con mirar a su personaje y a su actriz, y hacernos creer lo valerosa que es. Para un público con pretensiones de un simple entretenimiento amable puede ser suficiente, aunque improbablemente memorable.
Anexo de Crítica por Rolando Gallego
Llevada al cine con anterioridad por Xavier Giannoli, la historia de Florence Foster Jenkins, la peor cantante que se haya conocido y escuchado alguna vez, tiene en "Florence" (UK, 2016) de Stephen Frears una nueva posibilidad, esta vez en clave de comedia de narrar los episodios que llevaron a la fama a la intérprete.
Protagonizada por Meryl Streep, la cinta desanda los hechos que llevaron a la capitalista y cantante a autoconvencerse, a partir de varios engaños, una suerte de diario de Irigoyen constante con el que se manejaba su entorno, y que la llevaron a pasar a la historia no por buena cantante, sino, por lo contrario.
En un matrimonio de conveniencia con St. Clair Bayfield (Hugh Grant), y rodeada por gente que solo la adulaba para sacar provecho de su ingenuidad e inocencia, y en el tiro quitarle dinero, Florence estaba ciega a aquello que realmente pasaba a su alrededor.

Así, el filme explora la hipocresía del mundo y la industria musical ante la inevitabilidad de la estrepitosa carrera de una mujer que, no solo no poseía condiciones para cantar o actuar, sino que, además, propulsó la exploración de un tipo de obra teatral, el vodevil, con un sinfín de variaciones que hoy pueden rozar el kitch y lo bizarro, pero que siguen vigentes.
Cuando el joven intérprete de piano Cosme McMoon (Simon Helberg) se suma al equipo que Florence y su marido componen, para preparar su debut como cantante, la cinta comienza a perfilar un costado entretenido y divertido que refuerza su posición ante el personaje que presenta.
Así, si en una primera instancia la narración presenta el conflicto y el mcguffin que Frears trabaja a lo largo de todo el filme, en una segunda parte, ya la más cercana a la exploración de la incapacidad de Florence por cantar, una serie de personajes secundarios, se sumarán para brindar el contrapunto y el color necesario para reforzar la propuesta.
La cuidada reconstrucción de época, con un vestuario y búsqueda de rostros, escenarios, utilería y demás, que reflejan los inicios del siglo XX a la perfección, además de una banda sonora fácilmente identificable, son otros de los adicionales que este filme tiene como positivo.

La guerra como contexto y el espectáculo como única vía de escape ante la dramática situación del país, también potencian la narración, con su tema en la superficie, pero que en el fondo, terminará por ayudar a la resolución final.
Hay un tópico tangencial que el filme de Giannoli no exploraba con evidencia, y es aquel que reposa en la mirada sobre el matrimonio de Florence y St.Claire. Mientras él se desvive por ella durante el día, durante la noche la deja reposando en su cama y se va a otro departamento en el que convive con una joven mujer (Rebecca Ferguson), a escondidas de ella.
Y en esa doble vida, mientras la carrera de Florence se dispara hacia el “estrellato”, la vida personal de ambos, llena de mentiras, al igual que en la profesional, los comienza a distanciar pese al amor que se tienen.
Frears remarca esa soledad compartida, y pinta con algunos trazos, demasiados gruesos, a Florence, la que, gracias a la sólida interpretación de Streep (acompañada magistralmente por Grant), que se esfuerza por cantar horriblemente, suma el punto más interesante de esta historia de lucha, tezón y pasión por conseguir los sueños pese a todo.
