Entrevista: Daniel Burak «Me gustaría que los Slutzky pudieran usar la película como una fuente de luz».

Daniel Burak, codirector de "Disculpas por la demora" dialogó con EspectadorWeb en exclusiva.
A partir de la búsqueda de una persona en particular, el film habla de los vínculos, el amor, la familia y mucho más.
¿Cómo fue pasar de dirigir en solitario a este proyecto en conjunto?
Nunca asigné un valor especial a dirigir en solitario. En ficción, compartir la dirección es mucho más difícil, ya que la administración de los recursos no permite dudar ni buscar consenso en las decisiones; sólo se trata de ejecutar un plan previo o resolver rápidamente los inconvenientes que se suceden durante el rodaje o, en el mejor de los casos, dar rienda suelta a nuevas ideas que surgen. En cualquiera de estos casos la decisión tiene que ser rápida y uno debe confiar en uno mismo, porque el riesgo es muy grande y la responsabilidad también. En el documental, en cambio, me siento muy a gusto compartiendo la dirección. Por supuesto que para eso también hay que aprender a resignar algunas posturas propias y pueden generarse conflictos, pero estoy convencido que de los conflictos y las limitaciones, si se toman positivamente, pueden generar situaciones más ricas y novedosas que las que se generan a través de un camino liso y solitario. Ni Shlomo ni yo hubiésemos llegado a este resultado sin el otro. Además, si el cine es, fundamentalmente, un trabajo en equipo, en el documental esta realidad se amplifica.
¿Qué diferencias notaste a la hora de filmar un documental?
En la ficción, uno sale al set con la falsa sensación de que hay un plan, o de que debería haberlo, y que es posible y obligatorio ejecutarlo tal y como fue concebido. Es una situación que mezcla la belleza de jugar a ser todopoderoso por un rato, con la frustración de no serlo. Supongo que a Dios le debe pasar algo parecido cuando ve las atrocidades que cometen sus criaturas, o sea que aún en esa frustración del rodaje hay también un sentimiento de divinidad. En el documental, en cambio, las elecciones son de lugar, de situación, de personaje… y a partir de ahí todo se transforma en una red arrojada a un río revuelto. Los peces pueden llegar o no, la corriente te puede arrastrar, o no… la misión central es sobrevivir a los avatares. Lo importante es ser capaz de recoger el fruto sin morir en el intento, ya no importa tanto en qué estado llegás al final del día. Por otra parte, intento encontrar algo verdadero cuando hago ficción, igual que tengo una ambición estética o “artística” cuando hago documental. En este punto, las dos experiencias confluyen. Después, hay que sentarse y observar el material durante mucho tiempo hasta que, si la suerte nos acompaña, empezamos a encontrar algo valioso en todo eso.
¿Cómo fue el proceso de investigación y rodaje?
Parte de la investigación se dio naturalmente a partir de la pertenencia de Shlomo a la familia. Los protagonistas de esta historia son sus propios parientes. También fue muy útil su oficio de periodista, acostumbrado a hurgar en archivos, preguntar… como así también fue muy útil su agenda de contactos de su época de corresponsal de Clarin en Israel. El resto se fue encadenando como un proceso que evoluciona naturalmente. El rodaje, como suele suceder en estos casos en los que muchos de los hechos se desarrollaron con independencia a nuestra voluntad de organizar todo a nuestra conveniencia, se fue dando según nuestra propia capacidad de reacción y adaptación. Algunas secuencias fueron más planificadas, otras situaciones fueron captadas cuándo y en las condiciones que la realidad permitía. Curiosamente, la secuencia “de lujo”, la que imaginé y planifiqué con mayor cuidado estético, que debía jugar un papel importante en la película y que, para colmo, resultó muy bien y superó mis expectativas, después no encontró su lugar en la totalidad de la película. Todavía estoy pensando en la posibilidad de convertirla en un “bonus track” porque creo que merece ser rescatada, aún cuando pierda la significación que hubiese podido tener en relación con la historia como unidad.
¿Con una propuesta como esta ¿es difícil no involucrarse?
Nunca me pasó de no involucrarme en lo que hago cuando filmo, edito, escribo o grabó sonido. Hay algo mágico en la tarea en sí que me lleva a involucrarme siempre, aún cuando el material con el que circunstancialmente me encuentre trabajando no sea uno que me interese especialmente. En este caso, como también me pasó con Bar el Chino y con Nicaragua… el sueño de una generación —que son los largometrajes anteriores que dirigí o codirigí-, algo que me pasa es que me emociono viendo la película terminada, como si fuera un espectador que, además, tiene la ventaja de haber acumulado una serie de vivencias recogidas en el camino de la confección. Entonces, el involucramiento adquiere un carácter especial. No solo me involucro con la historia, también se quedan para siempre en mí los personajes, los lugares, los compañeros y las compañeras que integraron el equipo y que compartieron la aventura con el mismo amor y la misma pasión. Este, además, fue un proyecto que me entusiasmó desde el mismo momento en el que lo conocí, cuando Shlomo Slutzky, a quien conocía desde hacía décadas, me relató la historia.
¿Qué fue lo más difícil de rodar?
Es difícil para mí responder desde la dificultad. Cada situación tuvo lo suyo. Si tengo que elegir una, sin posibilidad de escapatoria, creo que señalaría precisamente la escena que mencioné anteriormente y que no está en el corte final. Era una escena con espejos que reflejaban a Mariano entrevistando, para el libro en el que estaba trabajando en su vida laboral y que iba a ser uno de los ejes de la película, a una sobreviviente del holocausto (Esther Brawerman) que había superado los cien años y que requería de una puesta muy elaborada y fatigosa. De lo que está en la película, hubo momentos de mucho compromiso emocional, como la cercanía física con los represores o, en sentido opuesto, el relato de la tortura que Héctor Quintero nos cuenta que adelantó a Sami para prevenirlo en ese único momento de cautiverio en el que pudieron conversar. También recuerdo un desvanecimiento que tuve mientras recogía uno de los testimonios y que creo que se debió a que contuve la respiración durante demasiado tiempo para que no se moviera la cámara que tenía en mano, pero no puedo relacionar estas peripecias con “difícil de rodar”. Sí me quedó la frustración de no haber podido captar, por falta de luz, una escena que presencié mientras me alejaba del tribunal con los equipos ya embalados, después de la lectura de las sentencias en el juicio por la causa La Cacha. En una plazoleta típica de los bulevares platenses, me encontré con los y las integrantes del equipo de la fiscalía, con las corbatas flojas ellos y el maquillaje corrido ellas, tomando una cerveza de parados, abrazándose y brindando. No importa, esa imagen me la quedo para mí.
El film cierra con una decisión favorable para la familia ¿qué te gustaría que pase con los Slutzky?
Me gustaría que los Slutzky pudieran usar la película como una fuente de luz que ilumine rincones que permanecieron oscuros durante décadas. Estoy convencido de que allí donde se abre la ventana y entra el sol, los fantasmas se diluyen. De hecho, entiendo que hubo, después de la película, algunos movimientos positivos en ese sentido. Pero, además, pretendo que, en algún lugar, quien vea la película pueda tomar conciencia de que lo que pasó en la familia Slutzky es un reflejo de algo que nos pasó a todos y todas como Gran Familia que componemos por el hecho de ser miembros de la misma sociedad. Sin acusaciones, me parece que mueve a la reflexión y es un llamado a estar más alertas sobre situaciones de indiferencia en las que podemos caer sin demasiada conciencia y sobre el efecto dañino que esos comportamientos indiferentes pueden causan en quienes los reciben.
¿Cómo sigue el recorrido del film?
No tengo mucha certeza. Pero creo que la película vino para quedarse y ya encontrará su propio camino. Aspiro a que tenga un encuentro con su público, especialmente en pantalla grande, con buen sonido y que sea vista en comunidad. Y que deje huella, tanto por el tema y su planteo como por su forma de exponer en cuanto a los recursos estéticos utilizados. Por lo pronto, estamos a la espera de resolución por unos cuantos festivales, entre los cuales puedo citar hoy como confirmada la participación en el de Cine Latino de Trieste a realizarse en Noviembre. De ahí, creo que se muda al Festival de Cine de Derechos Humanos de Nápoles. Después, ya se verá…
¿Por qué la gente tiene que ver Disculpas por la demora?
Para responder esta pregunta, se me ocurre que mejor que decirlo yo es citar las palabras de Vera Jarach, Madre de Plaza de Mayo – Línea Fundadora, en el estreno. Ella dijo que esta película nos sirve para entender que Nunca Más tenemos que mirar para otro lado cuando nos pasan las cosas terribles que se cuentan en la película. Para mí, lo más importante es que nos sirva para entender que lo que parecería que le pasó a la familia Slutzky, es algo que nos pasó a todos y todas.
