«The Big Fish»(El Gran Pez): conociendo a papá

Tuve la gran suerte de ver esta película en cine y desde ahí, me enamoré profundamente. Si bien siempre pensé que Burton tiene su fuerte en crear ambientes por sobre contar historias que sean muy grandes, en este caso logró tener un guión tan poderoso, que ese mundo que fabricó cobró vida para meterse un poco en mi vida también.
El gran pez cuenta la historia de un hombre que va a ser padre y empieza a cuestionarse sobre su posible desempeño en rol y, por otro lado, juzga a su ejemplo más familiar: su propio padre. Todo esto en un contexto del cáncer que ha avanzado (ya al principio nos cuentan que van a detener la quimio) y la posibilidad cercana a perderlo, lo que le da cierta celeridad a esta necesidad de encontrar respuestas. En el trayecto, Will nos irá contando la historia de su padre, intentando encontrar las motivaciones reales y entender si es el mito o es el hombre.
La película tiene una estética de fábula donde lo fantástico y lo real se mezclan según el punto de vista. Ed era un contador de historias y Will era un periodista, obsesionado por los hechos mientras su padre quería agregarles sabor. No sé si es porque conozco mucha gente así, que en función a adornar la historia, la anécdota real termina mutando hasta ser de épicas proporciones, pero me conecto con la necesidad de hacer maravillosa una vida normal.

Eso es lo que siempre me moviliza del personaje de Ed: él no estaba hecho para las cosas chicas, pero el tamaño también es una cuestión de perspectivas. Hay gente que vive disconforme y hay gente capaz de asombrarse con cada elemento que encuentra y que te salva el mundo por hacerte llorar de la risa. En el medio es juzgado como infantil, como mentiroso, como escapista y todas las cosas destestables que podamos pensar y es que somos una raza que condena lo lúdico.
Frente a toda esa tela de juicio lo vamos tejiendo frente a nosotros. Will se dedica a condenarlo, a presentarlo como el tipo incapaz de mirar a nadie que no sea él mismo, que lastima a su madre y a él con su indiferencia, que es un galán que chupa toda la luz y va a ser lo más duro posible con él por la misma inseguridad que siente y lo atormenta. No siempre estamos dispuestos a entender que nuestros padres son seres humanos y no ídolos. Cuando caen de héroes, los matamos y después los revivimos para que caminen a la par nuestra.
Burton en esta película se convierte en capaz de crear esa simpatía por el personaje y esa magia con una estética de luz dorada, colores saturados y planos equilibrados. Lejos de todos sus claroscuros, él llega para iluminar plana y llanamente a un hombre que sólo es gigante ante sus propios ojos y los de la mujer que lo ama.

El elenco se lleva muchos aplausos con un adorable y carismático Ewan McGregor, un errático y frío Billy Cudrup y esas mujeres cual magnolias de acero que se presentan como Jessica Lange y Marion Cotillard. Albert Finney es Ed postrado por el cáncer y, si bien nunca he sido su fan, ha logrado mantener gran parte del encanto del personaje sin mucho esfuerzo. Un elenco sólido de secundarios nos deja con ganas de más con participaciones de Danny DeVito y Steve Buscemi por nombrar solo dos.
No puedo dejar de mencionar la música que termina de crear ese ambiente de ensueño que hace que la película cierre perfecta.
Y es que en la vida, como en la película, uno no siempre busca verdad. Muchas veces busca magia para no sentir que su paso por esta vida se va a resumir en una serie de hitos. Somos más que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo; somos todas esas vivencias, locuras e imágenes que podemos proyectar en quienes nos recuerdan y así, podemos ser eternos. Déjemosnos llevar por lo contagioso de los Ed Bloom de la vida real.
