Cecilia Kang «Tenía ganas de hacer una película sobre la colectividad coreana desde que empecé a estudiar cine».

Cecilia Kang debuta en el cine con esta historia personalísima de varias mujeres de la comunidad coreana en “Mi último Fracaso”, que puede verse en el MALBA durante enero.
Para conocer más sobre el film y su proceso de rodaje, EspectadorWeb dialogó con la realizadora en esta exclusiva entrevista.
¿Cómo surge la idea de Mi último fracaso?
Tenía ganas de hacer una película sobre la colectividad coreana desde que empecé a estudiar cine. En principio el deseo era ese, mostrar ese universo del cual yo era parte pero quizás era muy ajeno a ese otro costado de mi vida y mis relaciones, la parte porteña. Para mí era muy normal entrar y salir de los dos ámbitos, pero luego veía que ese lugar, el coreano, el cual era tan normal para mi, era ajeno para otros. Es por eso que sentía el deseo de poder mostrar ese universo desde adentro.
¿Siempre tuviste ganas de reflejar la realidad coreana en el país?
Sí, siempre quise mostrar ese mundo que ante los ojos de otros parecía invisible pero que está muy presente en nuestra sociedad.
Si bien el film es documental hay momentos en los que se percibe cierta artificialidad, ¿fue buscada? ¿Utilizaste guión con las protagonistas?
Si bien trabajé con un guión durante el rodaje, éste funcionaba más bien como una guía de lo que quería indagar, más que de texto de donde se apoyaran las protagonistas. El guión me ayudaba a no olvidar las cosas que quería preguntar y a pedirle a las protagonistas hacer (o rehacer) una escena que necesitaba (que habíamos imaginado como posible o que habíamos presenciado en otro momento). Nosotros generábamos entonces una puesta en escena determinada pero a partir de ahí dejábamos que sucediera lo que fuera a suceder o que dijesen las cosas que fueran a decir. A veces el resultado era aún mejor a lo que esperábamos y otras veces resultaba inservible.
¿Fue complicado el rodaje?
Como no contamos con financiación para la producción del film, tenía que organizar mucho cada jornada ya que debía aprovecharla al máximo. El trabajo de escritura de guión que compartí junto con la guionista Virginia Roffo me ayudó determinantemente en la planificación del rodaje. Es por ello que el rodaje en sí mismo no fue tan complicado ya que íbamos muy organizados a filmar y éramos un equipo muy chico. La mayoría de las veces éramos sólo el DF (Diego Saguí), el sonidista (Francisco Pedemonte) y yo. Quizás lo más complicado para mi fue el viaje a Corea, ya que fue un viaje que tuve que hacer sola y ahí no sólo debía ocuparme de todos los aspectos técnicos si no también de mi rol como directora, sumado a todas las cuestiones personales que se me juntaban en ese viaje tan simbólico, tan cargado de intensidad. Pero bueno, al mismo tiempo siento que sobreviví emocionalmente a ese viaje gracias a la cámara. Cada vez que me sentía mal, prendía la cámara y eso me ayudaba. Era una contención, una forma de exorcisar todos los fantasmas que me rodeaban en ese viaje.
Cuando fuiste con la propuesta ¿aceptaron colaborar con vos y abrir su mundo sin mediar filtro?
Si. Todos los personajes que participan en la película accedieron a colaborar, no sin antes haber conversado con cada una de ellas con total honestidad sobre lo que quería hacer, respondiendo todas sus preguntas y por momentos hasta explicando de más. De todas formas, creo que la única razón concreta por la cual estas mujeres accedieron a participar es justamente por el vínculo afectivo que yo mantengo con ellas. Participaron porque querían ayudar a una amiga, una discípula, una hermana, una hija. No puedo estar más agradecida.
¿Cuánto tiempo duró el rodaje?
Filmamos durante cuatro años, desde el 2011 hasta el 2015. Organizaba las jornadas de forma aislada, cuando todos podíamos coincidir, tanto el equipo como las protagonistas.
¿Cuánto la edición?
Como no contábamos con financiamiento, trabajábamos cuando el montajista estaba libre. La edición fuerte fue durante el año 2015. Pero antes de ese año Sebastián Agulló, el montajista, trabajaba solo (cuando podía) ordenando el material y armando escenas de acuerdo al guión. En ese proceso fui entrando de a poco. El trabajo más intenso nos llevó dos meses, en el que nos obligamos a llegar a un corte final. En el medio hubieron muchos cortes, idas y venidas, alegrías y tristezas. Mucho aprendizaje.
¿Quedó mucho material afuera?
Si, como pasa generalmente en los documentales, quedó bastante material afuera. El primer corte duraba dos horas y la película dura ahora 63 minutos. Fue un proceso muy difícil pero necesario para contar la historia que necesitaba contar. En ese sentido fuimos con el montajista bastante pragmáticos. Lo que no funcionaba, por más bello o interesante que fuera, lo sacamos. Hubo toda una maduración sentimental durante el proceso.
¿Cuáles son tus expectativas ante el estreno comercial?
Espero poder compartir la película con la mayor gente posible. Abrir un diálogo, generar preguntas, reflexiones. Iniciar una conversación y que el otro pueda irse de la sala con algo nuevo. Ojalá que esto suceda y que sea algo colectivo y múltiple.
¿Te gusta que el Malba albergue al film?
Poder estrenar comercialmente “Mi último fracaso” en el Malba significa para nosotros un montón. Nos sentimos realmente muy privilegiados y agradecidos por esta oportunidad. Ser parte de la programación es reconocimiento muy lindo. Ojalá que vaya mucha gente al Malba, además es una sala hermosa que se ve y se escucha de forma impecable.
¿Estás con algún nuevo proyecto?
Este año voy a filmar un corto que se va a llamar “Bicicletas”. También estoy escribiendo un proyecto de ficción llamado “Hijo Mayor”. Un melodrama fantástico que va a contar las vicisitudes de una familia de inmigrantes coreanos que llega a la Argentina.
