«Rental family» (Familia en renta): Los escenarios que nos construimos

La directora de 37 segundos y algunos episodios de la serie Beef, Hikari, dirige al actor norteamericano Brendan Fraser en una cálida película que sucede en la ciudad de Tokio, Japón. La historia gira en torno a una práctica algo habitual por esas tierras que consiste en contratar a personas por una cantidad de tiempo limitada para que ocupen un puesto real en la vida de quien paga: puede ser una compañía, una fantasía, un familiar que por la razón que sea no tienen. Hay todo un abanico de posibilidades y un poco de eso nos mostró Werner Herzog en uno de sus documentales, Family Romance, LLC, y en general se trata de una práctica con muchos grises. Hay que tener en cuenta además que se trata de un país con índices altos de depresión y tasa de suicidios.
Pero en esta comedia ligera, Hikari sitúa a su protagonista, un actor que alguna vez viajó por trabajo a Japón y quiso quedarse allí, aunque esté solo y con el tiempo se le haya tornado cada vez más difícil conseguir un bolo. Se nota que es un enamorado de esa ciudad que ya hizo suya, y que Hikari retrata desde un lugar íntimo y cotidiano que la aleja de las postales turísticas que nos suelen llegar. En esa lucha constante por conseguir un trabajo que le permita seguir viviendo en el continente asiático, llega a un trabajo curioso que le llama la atención, que al principio rechaza pero luego acepta. Se trata de una empresa que contrata a personas para que actúen, y él cumple con un estereotipo ideal y poco común en esas tierras -la del norteamericano blanco-, para que interpreten personajes ficticios en la vida real de personas reales. Es decir, puede ser el novio en la boda de una joven que le quiere cumplir el sueño a su padre, un periodista al que le encargan un artículo sobre aquel actor sumido en el olvido, o el padre de una niña que ayude a que sea aceptada en una prestigiosa escuela que prioriza la familia tipo.
Al principio no parece difícil la tarea, no tiene problemas en generar credibilidad. El problema es cuando los límites entre la mentira y la verdad empiezan a tornarse difusos y surgen emociones reales. ¿Cómo hacer para jugar a ser el padre de una niña que se lo cree de verdad sin después romperle el corazón cuando el trabajo se termine? ¿Es lo mismo alguien que contrata a una persona para una cosa así que quien lo hace para tener un compañero de videojuegos? ¿O el que contrata a una familia para creerse por un rato que no se llega a un departamento vacío después de un arduo día de trabajo?
Es sin dudas un tema complejo, con dudosa moral pero la directora narra su historia desde un lado cariñoso y amable, con la necesaria dosis de emociones, aquellas que transita este hombre tan solo en su vida que gracias al llamativo trabajo empieza a generar lo que se parece demasiado a vínculos reales. ¿Qué hace a un vínculo real? ¿Es posible vivir en una historia ficticia que nos contamos hasta el punto de creérnosla? Si algo no existe pero lo inventamos, lo fingimos hasta que cobra vida, ¿se torna real?

Cuando Philip acepta este trabajo y le empiezan a caer los diferentes puestos a ocupar, al principio todo parece divertido, extraño pero hasta inocente. Se siente bien ser parte de una fantasía que ayuda a vivir. Pero a medida que se va introduciendo, tanto él como su mirada sobre lo que hacen sus compañeros, como la mujer que parece tan profesional y experimentada con sus marcas de guerra, le abren dudas y cuestionamientos. ¿Qué tan correcto puede ser lo que están haciendo? Hikari, que además es co-guionista junto a Stephen Blahut, abre preguntas y no brinda muchas respuestas. Y Philip hace lo que puede como puede, como mejor le sale, y a lo mejor las cosas se le van un poco de la mano pero a la larga un poco de eso se trata siempre vivir: nadie sabe cómo se hace pero improvisamos con lo mejor de cada uno.
Las interpretaciones ayudan mucho a transitar esta historia con ese tono amable y cercano. Lo de Brendan Fraser (que viene de ganar el Oscar con La ballena) se percibe muy genuino, con una mirada capaz de transmitir muchas emociones. Pero el corazón está junto a los duetos que conforma: por un lado junto a la joven actriz Shannon Mahina Gorman y por el otro junto al experimentado en la ficción y la realidad Akira Emoto. Dos facetas distintas de este personaje: el que pasa a ocupar un rol paterno que le parece ajeno hasta que empieza a sentirse cómodo, y el de algo parecido al de un amigo pero con un plus de hijo. Es a través de ellos, y en esos escenarios tan japoneses, donde Philip realiza su viaje interno.
Aunque pueda resultar algo predecible, Familia en renta es una eficaz película sobre esos escenarios efímeros que nos creamos para poder sobrevivir, el problema está cuando éstos se apoderan de uno y entonces se descuidan los lazos reales que son los que nos permiten realmente vivir en tiempos a veces tan hostiles. Divertida por momentos pero también conmovedora y sensible, abre un debate ético sobre el que nunca baja línea y también nos permite reflexionar sobre la soledad, sobre los modos de lidiar con ella. Quizás escaparnos un rato es todo lo que podemos hacer a veces. ¿No hacemos acaso un poco eso con el cine, la literatura, el arte?
