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«El almanaque»: un registro de los años duros

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Latinoamérica está “acostumbrada” a moverse como un bloque, lo que suele suceder en un país, su situación política, repercute en las demás repúblicas hermanas repitiéndose.

Los procesos militares no han sido la excepción; por eso un documental uruguayo como El Almanaque se siente tan nuestro como cualquier film que hable de nuestra etapa comprendida entre 1976 y 1983.

Jorge Tiscornia fue un preso político durante la última dictadura en Uruguay. Estuvo preso 4646 días, 12 años desde que fue detenido. En ese proceso, se dedicó a llevar un diario para jamás olvidar lo que viviría en ese tiempo.

Si de algo estamos seguros es que tenemos prohibido olvidar. El documentalista José Pedro Charlo basa la historia en la recreación de ese diario, en mostrarlo a Tiscornia durante el encierro (con sus zuecos hechos por él mismo) y en el después, cuando recupera la libertad.

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Es poco lo que se dice del antes, lo justo y necesario para que sepamos cómo se desembocó. Tiscornia era un estudiante, militante de la agrupación Tupamaros por lo que el proceso militar lo tuvo desde el principio en la mira como a tantos otros.

No hay un registro de esos años previos, talvez dejando bien claro que no importa cómo se termina en el horror de ser preso político, que no hay una justificación. Encerrado en el Penal Libertad (¿ironía? Seguro) lo único que puede hacer para escapar, para mantener su mente ocupada es escribir, documentar; y esos textos recién salen a la luz con este documental, sirviendo como un ejemplo cabal, en primera persona, de lo que debían pasar miles de personas, en toda Latinoamérica, presas por sus ideales políticos.

Hoy en día Tiscornia Jorge trabaja en una cooperativa y es fotógrafo amateur, puede ser otra persona, pero las marcas estan ahí, para hacernos ver que sigue siendo el mismo, el que estuvo preso, y el que militaba en Tupamaros, las ideas no se doblegaron.

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La cámara de Charlo lo sigue de cerca, minuciosa, detallista, con planos cercanos o en panorama para mostrar el entorno. Posándose en un objeto, en un gesto, o moviéndose continuamente, según sea necesario.

Se construye un relato, una historia, en base a un texto muy personal. Técnicamente el trabajo de Charlo es impecable, la fotografía es exquisita en varios tramos, y los detalles, que parecen insignificantes, cobrarán un singular valor para los más atentos.

Pero lo fundamental es la historia, atrapante pese a su pasividad, construida en un documental, y a través de relatos sueltos; el espectador posará los ojos sobre lo que se muestra y no se desprenderá.

El Almanaque es otro punto de vista del horror que Latinoamérica vivió por más de dos décadas, un asunto que sin duda alguna es inagotable, y que como lo demuestra este film, es imposible de olvidar.

Anexo de Crítica por Rolando Gallego

Hay algunas películas que se escapan a cualquier tipo de análisis subjetivo, “El Almanaque” (Uruguay, 2012) es una de ellas. Es que cualquier tipo de introducción de herramientas para trabajar sobre ella se diluyen con la honesta puesta en situación de los hechos que el realizador José Pedro Charlo Filipovich (“Héctor el tejedor” y “El Círculo”) hace en la pantalla.

El calendario al que hace referencia el título de este documental (que viene precedido por presentaciones y premios en varios festivales internacionales) es en realidad un particular sistema de “memoria” que Jorge Tiscornia creó en 1972 durante su estadía en el Penal de Libertad, la mayor cárcel política de Uruguay durante los años setenta del siglo pasado.

Con anotaciones y palabras claves sus almanaques han sido considerados como una prueba esencial para reconstruir una de las etapas más negras del país vecino. Jorge, diariamente, registraba en pequeños papeles todo lo que acontecía en el Penal y que él creía relevante (sin saber, claro está, la importancia de estas anotaciones).

Cada pequeño papel los escondía en un par de zuecos que el mismo construía y que permitieron que esas verdades y detalles se puedan escapar a cualquier control policial/militar. 4.646 días o más de doce años descriptos de manera breve por Tiscornia. La película relata de adelante para atrás la vida de este preso político, en su actualidad y en el penal.

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La cámara de Charlo Filipovich lo acompaña y lo entrevista para poder descrubir qué hay detrás de cada palabra y marca realizada. Porque justamente el principal inconveniente y virtud de esos almanaques es que no pueden ser leídos por cualquiera, solo Tiscornia tiene la clave para leerlos. En el volver al lugar en donde estuvo preso luego de 20 años, en el relato en primera persona mientras las imágenes del Penal pasan por la pantalla, en la inocencia de algunas declaraciones de Tiscornia “yo sabía que no tenía buena memoria, por eso tenía que anotar todo”, es en donde “El almanaque” va construyendo su verosímil y la innegable necesidad de su discurso.

Sumado a las anécdotas que se suceden, porque además de crear este sistema de registro minucioso, Tiscornia es un gran personaje para entrevistar, con ganas de narrar historias a partir de disparadores que le proponen Filipovich o los otros personajes entrevistados (también exreclusos del Penal De Libertad). “Mi mamá antes de morir me contó que ella anotaba todo, y me mostró pequeños registros de gastos” de ahí cree Tiscornia que proviene su particular manera de sobrevivir (con los almanaques) a la detención ilegítima de su persona.

Los trazos gráficos acompañan por momentos las palabras de los “actores”, reforzando la idea de escritura, tan necesaria para poder en la actualidad repasar la historia, una historia repleta de ideología castrense que trabajó sobre su mente con ideas de disciplina y control hasta el último de los días dentro del penal.

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Pero es gracias a la inteligencia superior, que seguramente se origina en las ganas de resistirse a todo, a que genialidades como este registro en almanaques emanan de seres combativos. Hoy en día Tiscornia registra diariamente en fotos el ocaso en Montevideo.

La necesidad de detener el tiempo continúa latente. Y de eso nos habla Charlo Filipovich, de la resistencia ante la opresión, en una película necesaria, urgente, que si bien puede tener algunas falencias, no opacan la magnitud de lo que muestra.

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