«La casaca de Dios»: Elijo creer

La tercera película de Fernán Mirás como director tras El peso de la ley y Casi muerta, cuenta con guion firmado por Marcos Carnevale junto a Javier De Nevares y Fernando Vázquez Mazzini y los protagónicos de Natalia Oreiro y Jorge Marrale. Además, y es el plus necesario para captar a la audiencia, tiene una gran impronta nacionalista: une la pasión del fútbol con una temática social y política como lo es la cuestión de Malvinas.

Titi es un hombre a punto de cumplir ochenta años en el 2022. Vive y trabaja todavía como el utilero que fue durante largos años de su vida, ahora en un club al borde de ser vendido y derribado. Su hija Erika armó su propia familia pero vive pendiente de él, quien ya muestra indicios de pérdida de memoria y confusión. Ambos comparten la pérdida de quien fue hijo y hermano respectivamente, un joven que perdió la vida en la batalla por Malvinas, y hoy ya no parecen compartir mucho más, con una distancia emocional que para Erika no para de agrandarse.

Entre sueños y visiones, Titi termina de encontrarse con un pasado por remediar cuando se entera de que la famosa camiseta (que se empeñan en llamarla casaca, aunque es difícil encontrar alguien acá que utilice esa misma expresión en su lugar) que Maradona intercambió con un jugador inglés al final del famoso partido de Cuartos de Final del Mundial 86 entra a subasta. Un joven utilero (interpretado por el hijo de Marrale, Federico) que intentó advertirle al Diego que no la entregara y hoy necesita recuperarla, misión para la cual la familia y amigos complotarán entre sí. A simple vista una camiseta corriente, a la que a último momento se le cosieron los números y escudos, hoy convertida en un objeto sagrado que Titi afirma es tan importante que si no la recuperan quizás nunca más lleguemos a ganar el Mundial.

Marrale y Oreiro conforman una dupla poderosa, cada uno siendo capaz con poco de dar dimensión a sus personajes y la relación entre ellos. Los secundarios no desentonan, y resaltan otra dupla interesante, más extraña y con dosis de comic relief: la de Rafael Ferro y Lautaro Delgado.

Por fuera de las interpretaciones, el guion se sostiene a través de la inclusión de dos temáticas que nos tocan muy de cerca: la pasión por el fútbol y la memoria con respecto al conflicto de Malvinas. En el medio hay unos pocos atisbos de creatividad: el surrealismo se incorpora de manera interesante con lo que vive el personaje de Titi y esos sueños que le hablan del ayer y del hoy.

Pero para sorpresa de nadie, el guion no hace más que apostar a lo obvio, lo subrayado, lo cursi, el golpe emocional bajo. Lo construido de manera casi decente, esa combinación de drama y comedia que deja entrever una relación complicada entre padre y una hija que termina haciendo un poco de madre, se termina de perder hacia un final que se da el tupé de introducir imágenes de la celebración del último Mundial de manera inmediata al clímax.

En tiempos hostiles para el país donde a la vez parece haber aflorado el sentimiento patriótico (de repente se usan en prendas y objetos muchos símbolos antes exclusivos de ciertas fechas y aniversarios pero ese nacionalismo tibio no presenta el mismo entusiasmo en cuestiones importantes como la Reforma Laboral o la Ley de Glaciares), La casaca de Dios tiene todos los condimentos para atraer y emocionar al público y convertirse en un modesto éxito de taquilla (porque grandes éxitos taquilleros como los de antes no existen en tiempos donde cada vez menos gente va al cine y encima una película argentina): el rostro de una actriz del star system, la alusión al ídolo de este país y al fútbol, ideal como antesala del Mundial, y la inclusión de Malvinas.

La película viene de estrenarse en el Festival de Málaga donde Natalia Oreiro recibió el Biznaga de Honor y llega a salas una semana después de conmemorarse un nuevo aniversario del Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de las Malvinas. Además no es una historia sobre fútbol, aspecto que resalto por si son como yo, ajenos al fenómeno de esa pasión: es la historia de personajes atravesados por él. No son más que un padre y una hija cuya distancia emocional creció tanto que hoy no se reconocen, con traumas compartidos pero diferentes maneras de lidiar con él.

Si bien acá solo aparece como guionista y productor, mas no director, la película tiene algo del sello de Carnevale y al menos es una de sus más decentes producciones, alejada de, por ejemplo, aquella olvidable que también pretendía retratar esta pasión argentina, El fútbol o yo.

About The Author

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *