Cuál es la forma en que mayoritariamente ves películas?
 
Tenemos 61 invitados conectado

"El mal de la Piedra": horas desesperadas

La compañía teatral El vacío fértil regresa con "El mal de la piedra", de Blanca Domenech, en una puesta de Tony Lestingi; una obra tensa y angustiante que nos lleva a un emblemático territorio español para hablar de una coyuntura universal. Luego de una exitosa gira con la sorprendente De tiburones y otras rémoras, la compañía teatral formada en 2017 regresa con una nueva obra tan o más desafiante que aquella ácida sátira sobre el mercado laboral en actuales épocas de capitalismo feroz.

Como en aquella, la acción vuelve a ubicarse en España, esta vez con una referencia a la historia de ese país mucho más marcada. Nuevamente, es un contexto, un marco, que servirá para trasladar planteos a cuestiones que nos afectan aquí y allá, globalmente. Dos actores, Romina Pinto e Iván Steinhardt, una puesta sencilla, casi despojada, con los elementos necesarios para una interacción, una pantalla en el fondo proyectando imágenes que cortan parcialmente la negritud de ese ambiente, y un afuera que no se ve pero está siempre presente como el tercer personaje omnipresente, condicionante.

Nos esperan 75 minutos de una angustia in crescendo, que penetra bien profundo, hasta dejarnos rendidos frente a la realidad. En el valle de Cuelgamuros, San Lorenzo de El Escorial, Madrid; aguarda una faraónica obra arquitectónica que honra a la muerte y los sucesos trágicos de una sociedad convulsionada.

Al ganar la Guerra civil española, el dictador Franco ordenó construir un monumento en las profundidades del valle, un homenaje a los caídos “de su bando” que consiste en una basílica ubicada a más de 260 metros en el interior de la montaña. Sobre la misma, una gigantesca cruz, la más alta y grande del mundo, como estaqueando ese templo de la muerte; que antes de su inauguración, mediante un decreto, se convirtió en un homenaje a “todos los caídos” al que se transportó aproximadamente 34000 cadáveres “de un lado y del otro”, que yacen ahí, enterrados.

Un lugar en el que la muerte se siente cerca, en el cual el silencio invade y crea una sensación tan inquietante como dolorosa. Una sensación similar a la que Steinhardt, Pinto, y la puesta de Lestingi logran transmitir. Este monumento se convirtió en un símbolo de la imposible reconciliación entre dos facciones que, aunque evolucionadas, aún persisten. La exhumación de los restos de Franco volvió a poner el asunto en el candelero.

Activistas que reclaman la apertura y no prescripción de una investigación por los crímenes del franquismo; y grupos reaccionarios, neonazis, que enalteciendo una supuesta sacralidad de ese monumento, reclaman que el valle no sea manchado por una exhumación que revuelva la historia. Miranda (Romina Pinto) es una restauradora que trabaja en la basílica para diagnosticar e impedir un desmoronamiento progresivo que aqueja a las paredes de esa construcción, el llamado mal de la piedra, que corroe el interior y puede hacer que todo se derrumbe de un momento a otro.

Termina la jornada, Miranda está atenta a abandonar su puesto; pero afuera hay manifestaciones de un lado y del otro, aumenta la violencia, se bloquea la salida y se hace imposible salir, no es seguro ¿cuán seguro es quedarse? Miranda no está sola, hay un guarda de seguridad (Iván Steinhardt) con ella. Entre ellos comienza una relación que pasará por distintos estrados, marcando la pulsión de lo que sucede adentro y afuera de la basílica; a los pies de la montaña, y en la sociedad.

Miranda tiene una clara postura en contra de los radicalizados, y a favor de quienes reclaman la reapertura de las causas contra el franquismo para zanjar esa herida. El guarda juega una suerte de postura neutral, vocifera una especie de pacificación mediante dar un paso hacia adelante, mientras hace todo lo posible porque su compañera ocasoonal no abandone la basílica.

Hay manipulación, debates, nervios, tensión, gritos, desesperación, y un contexto que va de lo general a lo personal en un ida y vuelta permanente. Tal cual sucedía con el texto de Sergio Villanueva y la puesta de Marina Wainer en "De tiburones y otras rémoras"; la pluma de Blanca Domenech y la dirección de Tony Lestingi están al servicio de darle el mayor espacio a ambos actores para su lucimiento. Pinto y Steinhardt dejan todo arriba del escenario, completan sus personajes con múltiples matices, los hacen pasar por estadios variables, hasta llegar a un grado de desesperación y gravedad inimaginable al inicio de la obra.

La química, el entendimiento entre ambos es absoluto. Los actores se comportan como quien confía ciegamente en el otro, y pueden apoyarse en que su contrafigura les dará el pie, o colaborará en hacer que juntos y cada uno alcance el nivel de excitación y compromiso que la obra requiere. El mal de la de piedra es una obra de dos que se necesitan para crear un uno, esa interpelación sobre las divisiones, las grietas que hay en el texto, también se traslada a los actores que forman un bloque sin fisuras.

Si bien no hay una explícita ruptura de la cuarta pared, el escenario es abierto, la obra arranca en medio de una vorágine, y el espectador se sentirá parte de ese ambiente que transmite la soledad, la frialdad, y el peligro inminente de esta basílica corroída por el tiempo literal y metafóricamente. La angustia que vive Miranda sobre su devenir es trasladada a un público que deberá sacar sus propias conclusiones al ser interpelado, llevados al extremo de una postura en la nos sentíamos en una zona de comfort. El mal de la piedra es un debate que no condena, y deja el lugar para que nosotros podamos arribar a un propio pensamiento sobre ese posible entendimiento que nos permita salir.

La manipulación, el juego de poder, que uno juega sobre el otro, tampoco es un elemento decorativo ¿Cuán neutral se puede ser entre dos posturas contrapuestas? ¿Retenerse ahí entre las rajaduras de un muro, no es esperar a que todo se caída sin intentar evitarlo o huir antes de que los escombros caigan sobre nosotros?

La decisión de no separar en claros actos, mantener una continuidad, produce cierta fatiga intencional que lleva a acompañar a ambos personajes en el agobio de ese encierro. Cada decisión que tomen, cada estado de ánimo que atraviesen, estará marcado por ese paso del tiempo agotador. La banda sonora compuesta por Alejandro Ávila especialmente para la obra complementa la sensibilidad profunda y el grado de tristeza social, que El mal de la piedra produce tanto desde el texto, la oscuridad de la puesta minimalista, y la entrega desgarradora de sus intérpretes.

Recientemente seleccionada para el Festival de Logroño, El mal de la piedra se está presentando todos los sábados de junio y julio a las 16.30hs en el teatro El Extranjero (Valentín Gómez 3378, CABA) con entrada accesible; antes de partir a España para una serie de presentaciones muy especiales.

La compañía El vacío fértil vuelve a acertar al presentar una obra cargada de honestidad, realidad, e interpelación a espectador. Iván Steinhardt y Romina Pinto vuelven a plasmar en El mal de la piedra el profundo amor por las tablas y el compromiso de un espectáculo que no es un mero entretenimiento. Vale la pena acompañarlos en este viaje hacia el inconsciente de una sociedad que busca una salida hacia la paz.