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#19DOCBUENOSAIRES Cierre con A ROSA AZUL DE NOVALIS.

El #19 DOCBuenosAires, con dirección artística de Roger Koza, seleccionó “A ROSA AZUL DE NOVALIS”, de Gustavo Vinagre y Rodrigo Carneiro, como pelicula de clausura.

Gustavo Vinagre, director de “Lembro mais dos Corvos”, retrato de una actriz transexual insomne que cuenta sus historias en pleno desvelo en este exquisito trabajo (que pudo apreciarse tanto en el Festival de Mar del Plata como en una edición de FIDBA 2018), codirige “A ROSA AZUL DE NOVALIS”, un nuevo documental en donde es acompañado en este caso por Rodrigo Carneiro, quien hace su debut como director en este documental.

El personaje que se va construyendo frente a la cámara en esta mirada documental que presentan estos jóvenes dos directores es Marcelo Diorio, único personaje de la película –sólo interrumpido por alguna línea de diálogo de alguien que se encuentra fuera de campo-, un poeta que irá desgranando una serie de pensamientos sobre su pasado (con un padre homofóbico, un accidente sufrido por su hermano y la particular historia de sus abuelos en donde su abuelo había formado una familia paralela durante cuarenta años), sus amores, sus amantes, las relaciones en los tiempos del HIV y las interpretaciones que él le da a su carácter de seropositvo, mientras va entregándose cada vez más a la seducción de la cámara.

Es así como no solamente accedemos a su cotidiano participando de los movimientos que realiza durante el día en su departamento de San Pablo, sino que además nos hace confidentes de sus pensamientos más personales sobre estos temas que aborda con total desparpajo y libertad.

También accedemos –con ese ojo de los directores, que tiene mucho de voyeur y fisgón- a sus  zonas más íntimas y que Diorio exhibe absolutamente sin ningún tapujo: se permite hablar abiertamente de su sexualidad, dando lujo de detalles sobre sus relaciones pasajeras, sus experiencias y preferencias sexuales, sus fantasías y deseos.

Es así como algunas de sus narraciones trasponen la mera oralidad y se ilustran con un entorno onírico, de ensoñación, el que se contrapone abruptamente con escenas de  sexo explícito, poco frecuentes para un registro documental de estas características.

Esta dicotomía que plantean en cierto modo los realizadores, permite lograr momentos de gran belleza y una cuidada estética visual, enmarcados dentro de un material que no tiene miedo de asumir riesgos e ir más allá de lo verbal, produciendo de esta manera algo notablemente diferente a todo lo visto, algo similar a lo que intenta espejar en la metáfora de la búsqueda de un imposible como es la rosa azul Novalis.

Justamente Novalis –poeta alemán muy famoso por su dramaturgia y su prosa en pleno 1800- contextualiza esta necesidad de encontrar esta flor tan particular, la flor más bella y más extraña en donde se esconde el secreto del arte, en parte, como la búsqueda de un imposible, de un ideal.

Nuevamente, como sucede en el campo de la producción documental tan frecuente en este último tiempo, el interés de los directores para contar la historia está puesto en borrar los límites entre el registro documental y lo ficcional, de forma tal que el espectador dude en cada uno de sus testimonios cuánto es verdad y cuánto está generado para la cámara. ¿Es importante saberlo? Claramente no y es lo más entretenido de ese juego en donde la mezcla entre documental y ficción trabaja con esos límites imprecisos y es lo que, particularmente, hace que el trabajo sea más intenso e interesante.

Diorio no tiene ningún tipo de inhibiciones para ir “desnudando” a su propio personaje en cámara y lo hace con una forma atractiva, atrapando tanto desde lo confesional, contando historias que van despertando cada vez un interés mayor como hasta el hecho de montar algún cuadro performático al estilo del personaje de “La piel que habito” de Pedro Almodóvar o compartir situaciones tan íntimas y personales como la necesidad de un baño en leche de almendras para aplacar la intensidad de su actividad sexual.

Osada, rara, profunda, carnal, “A ROSA AZUL DE NOVALIS” sorprende por su juego extremo más que por su propuesta y su contenido, y permite también acompañar al personaje en su presente, en su pasado y en la potencialidad de reconocerse en sus vidas pasadas.

Carneiro y Vinagre buscan incomodar al espectador tanto en la escena de apertura como la de cierre del filme y dejan estas inquietudes en el marco de la poesía existencialista y de un espacio creativo que sacude prejuicios aunque a veces lleva algunas situaciones a un límite de dudoso buen gusto que no ayuda a fortalecer las ideas rectoras que se presentan en este trabajo.

Más allá de esta observación, el documental respira riesgo, creatividad y libertad en un personaje difícil de encasillar y que genera múltiples disparadores para seguir debatiendo mucho después de finalizada la proyección.