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Entrevista: Miguel Baratta "Mientras más habilitada esté la posibilidad de imaginar, de crear, de pensar, más libres seremos".

Segunda película en solitario de Miguel Baratta, quien profundiza en el universo de Luisa Valenzuela para hablar de las máscaras que todos llevamos en “Galpón de Máscaras”.

Nos reunimos con él para conocer más de esta particular propuesta.

¿Cómo surge la idea de la película?

La génesis de la película está directamente relacionada con Luisa Valenzuela, la protagonista. Desde un primer momento, me fascinó el trato que ella les da a sus máscaras en el día a día, como las respeta, pero desde un lugar desacralizado. Eso me hizo empatizar rápidamente y darme cuenta de que en ese galpón había una película posible. La invitación que le hizo el Museo de Arte Decorativo de Buenos Aires terminó de redondear la idea, ya que me sirvió a mí como excusa para hilar todas las experiencias que me interesaban alrededor de las máscaras.

¿Cuánto influyó el trabajo de Luisa Valenzuela en el germen del proyecto? ¿Sin ella no se hubiese originado el mismo?

Luisa es una gran entusiasta, y junto a Cecilia Bruck, mi esposa y fotógrafa de la película, fueron las grandes impulsoras de este proyecto. Conocimos a Luisa para la realización de un documental biográfico sobre ella, pero ese trabajo no se pudo llevar a cabo. Como nos habíamos entusiasmado todos con las ideas que habíamos pensado, dijimos “hagamos un documental sobre las máscaras”. Y ese fue el punto de partida.

¿Qué conocimiento previo tenías sobre las máscaras, como objeto, y como representación del velamiento de la personalidad e identidad en la sociedad?

Además de hacer cine, escribo y dirijo proyectos para teatro, así que mi acercamiento a las máscaras viene más desde ese lado. Pero de todas maneras, fue durante el proceso de este documental que me empapé más e hice una investigación profunda. La familia de gente que trabaja con máscaras en Buenos Aires es más bien pequeña y tuve la posibilidad de que me recibieran con gran generosidad, así que fue fácil profundizar mis conocimientos.

¿Cuál es la que más te llamó la atención de todas las de Valenzuela y por qué?

Sin lugar a dudas, las máscaras de los Mamuthones de Mamoiada. Son del carnaval de Cerdeña, Italia. Esas máscaras son negras, talladas en madera y tienen una impronta extraordinaria. Quienes las portan, llevan también unos cencerros muy pesados y desfilan por las calles pisando muy fuerte alrededor de unas fogatas terribles, ya que lo que buscan es despertar la tierra. El ritual celebra el fin del invierno y el comienzo de la prosperidad que trae la primavera. Ese tipo de universos me deslumbra, quisiera hacer un documental sobre esos carnavales maravillosos.

¿Cómo fuiste armando la estructura y el recorrido sobre la problemática?

Fue una de las tareas más difíciles, ya que la película no trabaja sobre una problemática, ni pretende resolver ningún conflicto, ni encontrar ninguna respuesta. Tiene más bien una estructura temática y eso hizo que ordenar el relato fuera muy laborioso. Particularmente me interesaba llegar al punto de vista más político de las máscaras, es decir, a reivindicarlas como un elemento de liberación del hombre. Entonces, el recorrido tuvo que ver con comenzar con una mirada general, amplia, para de a poco ir acercándome a una lectura más aguda, y hacer foco sobre el poder político de las máscaras y ubicar a la imaginación como el nexo hacia la posibilidad de libertad. Estoy convencido de que debemos mantener las tradiciones, sobre todo las celebratorias y las grupales, ya que son el mejor modo de resistencia ante la opresión del sistema. Mientras más habilitada esté la posibilidad de imaginar, de crear, de pensar, más libres seremos.

Además de las máscaras, y de los testimonios, la música juega un rol fundamental en el documental, ¿Cómo la pensaste y seleccionaste?

Estoy muy orgulloso de lo que se consiguió, tanto en imagen como en sonido. La película tiene una fotografía bellísima, muy delicada y se potencia con la extraordinaria música que compuso originalmente Marcelo Moguilevsky. El trabajo con él fue muy enriquecedor. Marcelo es un músico excepcional y muy generoso, que con mucha simpleza puso sobre la mesa todo su potencial y su talento para aportar a esta película un carácter singular y sorprendente. Creo que tener a alguien de su talla le dio a la película una sonoridad muy acorde a lo que queríamos; sobre todo para producir momentos bellos, pero también para poder ahondar en determinadas situaciones y producir choques en otros. La música ayudó enormemente a manejar el ritmo de la película, acelerando por momentos y generando calma e introspección por otros.

¿Cuánto material quedó afuera?

Siempre es una tarea muy dura la de seleccionar el material y sobre todo en los documentales, como en este caso, cuando las personas que participan delante de cámara aportan tanto a la película. De las  escenas de Marcelo Savignone, por ejemplo, que trabaja con las máscaras balinesas puestas y habla a cámara, quedó mucho material afuera que realmente no tiene desperdicio. Fue más de una hora de improvisación y resultó muy duro descartar cosas. Lo mismo con las escenas de La Escuela de Teatro CABUIA. Allí grabamos una jornada completa toda serie de ejercicios con alumnos de la escuela de distintos niveles e incluso con su compañía estable. Fue un desfile mágico de máscaras larvarias, neutras, expresivas, medias máscaras, comedia del arte… Pero una de las cosas que más lamento es toda una conversación entre el maestro Angel Faretta y Diego Ávalos, que se explayaron sobre el uso de la máscara en el cine. Fue un material precioso que lamentablemente no encontró su lugar.

¿Quién te gustaría que la vea?

Por su puesto que los protagonistas y la mayor cantidad de gente posible; pero sería muy especial que la película llegara a alguno de los lugares recónditos donde las máscaras tiene tanta vida y significan tanto para el pueblo. Sería muy feliz con poder acceder a ese tipo de espectador atravesado por la máscara.

¿Expectativas ante el estreno?

Si, muchas. Somos muchos los que estamos empujando esta inmensa dificultad que es estrenar un documental en Buenos Aires. Sería muy gratificante para todos y un reconocimiento especial, que la película pueda encontrarse con buena cantidad de público. Ojalá suceda.