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"Rosita": fragmentos de una desaparición

El nuevo filme de Verónica Chen (quien anteriormente había realizado los filmes independientes “Vagón Fumador” “Agua” y “Mujer Conejo”) presenta un cambio importante dentro de su filmografía en el que quizás sea su trabajo más realista y convencional, en el mejor sentido de la palabra.

En el centro de la escena, en este caso, Chen nos presenta a Lola (compuesta por Sofía Brito) una joven con tres hijos de diferente padre, de los que se ocupa de su crianza prácticamente sola, a pesar de tener una pareja. Ella vive con su padre, Omar, que un determinado día sale con Rosita a comprar un par de zapatillas pero no vuelven a casa.

Con este disparador inicial, toda la primera parte de “ROSITA” propone un clima perturbador, al ritmo prácticamente de thriller, para contar la historia de una madre que está desesperada cuando siguen pasando las horas y no se tienen noticias de esta hija que ha desaparecido en manos de su abuelo… pronto llega la noche y no logra dar con su paradero.

Pero a medida que avanzamos en el relato, el guion trabaja en diferentes capas poniendo el foco en esa incertidumbre que penetra y se apodera del relato. Es así como van apareciendo múltiples disparadores y significantes para una palabra tan fuerte como lo es “desaparición” dentro de nuestro inconsciente colectivo por nuestra historia reciente, sumado a todas las noticias que circulan en los medios sobre el tema de la trata de mujeres y menores.

Repercuten en la cabeza de Lola, frente a una falta de respuesta concreta, los pensamientos desordenados que se suscitan en la cabeza de una madre completamente avasallada por la situación: ¿tuvieron un accidente? ¿Escaparon? ¿El abuelo “raptó” a su propia nieta? ¿Con qué fin? y de esta manera, comienza a reconstruirse esa figura de su propio padre en función a nuevos elementos que va teniendo en cuenta, que se leen a la luz de ciertos retazos del pasado que la película irá develando lentamente.

Verónica Chen en éste, su cuarto largometraje, nos brinda básicamente, una película mentirosa: “ROSITA” no logra sostener más que en un primer tramo de la película esta propuesta inicial con cierto suspenso y enigma. Se refugia rápidamente en una historia familiar más intimista y elige instalarse en una segunda parte en un terreno mucho más seguro y plano, en una “zona de confort” que no la favorece.

El clima de tensión extrema y exasperación por las posibles connotaciones de un no regreso que se plantea en la primera parte va cediendo paso a otra historia diferente que resuelve el conflicto de una manera tan burda como inverosímil, explicada con copiosos detalles y subrayada una y otra vez, disipando cualquier potencial duda que es el problema fundamental que presenta el guion escrito por la propia Chen.

Sin embargo, en este caso –como en otros de sus trabajos- la ciudad gana una fuerza impactante en el manejo que la directora tiene con la cámara, y el mérito de la acertada primera parte es poder mostrar a esta ciudad como un territorio hostil, poco contenedor y cruel.

Tanto como los subrayados aparecen en el guion generando esta sensación de distancia respecto de la historia que se había presentado originalmente, algunos desaciertos en marcación de los actores dentro de la dirección hacen que por ejemplo, un gran actor como Marcos Montes –Omar, el abuelo de Rosita y padre de Lola-, moldee su criatura a los gritos pelados con una excesiva teatralidad que no repercute positivamente en la pantalla.

Por el otro lado, acierta en un casting infantil sólido (brillantes Rosita y sus dos hermanos) y con un rol protagónico preponderante, Sofía Brito como Lola, no logra apoderarse en ningún momento de la profundidad que esa madre le exigía al personaje.

“ROSITA” se presenta como una película envolvente, atrapante para luego ir sucumbiendo a ciertas derivaciones de la trama que cambian completamente el foco para plantearse el interesante universo íntimo de las relaciones familiares, aunque elige un tono demasiado discursivo y subrayado para su tratamiento.

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