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"Rambo: last blood": el regreso del guerrero solitario

Hay algo de placer culposo que siempre rodea las películas protagonizadas por Silvester Stallone, aún en aquellas en las que se lo quiere dotar de un halo místico y de “actor de método”, como Copland o Creed, el estigma del mal actor, del actor popular, acecha todo el tiempo en las propuestas.

“Rambo: Last Blood” es la última aventura de John Rambo, ya no en la selva o el campo de batalla, sino en la mismísima América, un territorio en el que el multiculturalismo potencia las diferencias y en donde el “blanco puro” es el único que puede exigir su lugar en el mundo.

A la tradicional escena de sumar equipamiento militar para asesinar a cualquiera que lo amenace, acá hay un desenlace que acerca la propuesta a “Mi pobre Angelito". Pero ya hablar del final es precipitarnos en datos que al posible espectador de la propuesta no le interesa. Rambo anda suelto y solo en USA.

Con una mujer y su nieta que le han permitido saber qué es un hogar aún alejado de éste. En ese compartir diario, en saber que el otro está aún con sus diferencias, el militar ha suavizado (por decirlo de alguna manera), algunos aspectos de su temperamento. Pero como en Hollywood, ni siquiera el arranque costumbrista puede ser algo favorable, rápidamente esa ingenuidad que envuelve al relato, termina por construir un mecanismo desfavorable para la acción.

Los malos malos, los buenos buenos, el trabajar de manera muy superficial la trata de personas, son algunos de los puntos que tiran abajo una propuesta, la que, sin dudas, con una historia diferente y sólida, le hubiese permitido erigirse como uno de los verdaderos éxitos de la onda nostálgica y retro que invade a la cultura popular.

Si “Stranger Things” buceaba en todo el cine clase B que uno consumió en otras épocas, acá CAROLCO, el mítico estudio de películas de acción de los años ochenta, regresa con una historia que lamentablemente hacia el final pierde vigorosidad y referencia.

El trazo grueso con el que se delinean los personajes secundarios y, principalmente los malos de turno, latinos, detrás del muro, la era Trump presente con la exageración de los rasgos de clandestinidad de todo, son sólo síntoma de algo más grande que Hollywood quiere imponer desde la pantalla.

Stallone se pone una vez más en la piel de una de sus míticas interpretaciones, como sabiendo la gran oportunidad que tiene, pero lamentablemente, aun apelando al placer culposo, aun sabiendo qué producto uno está viendo, no se logra trascender la parodia de sí mismo que se está creando, con un final, ahora sí, a lo “Mi pobre Angelito”, con Rambo poniendo trampas y corriendo como un niño, que ya a esta altura del partido, no lo es.

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